Había pensado titular este post con un tópico a lo “pandereta y charanga”, probablemente me hubiera quedado con estas dos referencias a lo autóctono, a lo que parece que mejor sabemos transmitir a todo el mundo, pero –obviamente– he preferido quedarme con la rubia. Luego lo explico porque prefiero empezar por el principio.

Empieza así: viajar con el pasaporte español es, casi siempre, sinónimo de ser considerados, allá donde vayamos, bailadores de flamenco en potencia o bullfighters, lo cual implica que nos ven corriendo delante de los toros (eso si no los toreamos directamente) al tiempo que vamos por los rincones cantando saetas. Y parece que tenemos que estar contentos con esto. Pues yo no.

Porque no me gusta el flamenco, tampoco las sardanas –todo sea dicho–, porque no soporto el cante jondo ni nada que tenga que ver con ir soltando gritos a modo de “uy que bien que canto y qué emoción pongo en las letras, aaaayyyyoooo”, porque estoy encantando con la prohibición de las corridas de toros en Catalunya (un motivo más por el que me siento orgulloso de ser catalán), porque no me van a ver con pañuelo rojo y camiseta blanca corriendo delante de los astados rezumando adrenalina al tiempo que esquivo una embestida -para eso, prefiero tirarme en paracaídas, mira-. No. Nada de esto. Y me preocupa que sea lo que vendemos de puertas afuera. Que si viene Tom Cruise a rodar una peli a España (una o dos, es igual), nos dejemos poner, por todas partes, corridas de toros, faralaes y que los oriundos hablen un idioma más parecido al mejicano que al español. Que si viene Woody Allen a hacer una postal de Barcelona, aparezca un  guitarrista en mano en un parque de la ciudad con aspecto flamenquero. Y, menos aún, que nos parezca fantástico que todas las tiendas de souvenirs se harten de vender a los extranjeros esos recuerdos en forma de muñequita gitana con vestido flamenco y brazos en alto, pelo rizado y peca en la mejilla, o el toro de Osborne, por no decir el que representa al pobre animal banderilleado, o el sombrero mejicano, entre tantos otros.

¿Alguna vez hemos reflexionado sobre qué imagen tenemos de nuestros países vecinos? ¿Qué tópicos conocemos de los franceses? ¿De los alemanes? ¿De los “sirs” ingleses con la taza de té siempre en la mano? Ellos cuidan su imagen y promueven lo que les hace respetables. Incluso los italianos trabajan en abandonar los tópicos que les han perseguido siempre… y nosotros, ¿de verdad queremos seguir formando parte de la historia cómo ese país que siempre lleva unas castañuelas en la mano?

El problema, pero –ahora enlazo con el titulo, gracias por la paciencia- es que para borrar esa imagen deberíamos conseguir cambiar cosas como que todo un país se pare cada vez que la ambición rubia española y sus historias sobre el torero, la mujer del torero, el padre del torero, los hijos del torero, los animales del torero y la madre que los trajo al mundo a todos, se emitan en prime time y sean líderes de audiencia. Lo que dice la rubia va a misa en este país. Y mientras sea así, seguiremos paseando la pandereta y la charanga por el mundo… o eso, o nos vamos independizando de esa imagen y de lo que conlleva.

¿Quién quiere ser el conversor de este Belén?

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Hoy me ocupa un post algo diferente, uno que me apetecía especialmente que llegara a El Enigma, de hecho sé que hacía tiempo que buscaba una excusa para escribirlo y, bien, hoy la he encontrado o, quizás, debería decir que ha llegado a mi casi sin querer, así que -of course- no me he podido resistir a la tentación…

Esta Vie en Rose se inspira en una pequeña broma que un ponente de una sesión del Summit al que he asistido estos últimos días ha intentado hacer en medio de una convención de profesionales serios y trajeados.  Digo intentado por el silencio que se ha dibujado inmediatamente entre los asistentes que o no la han entendido o no la han encontrado graciosa. No ha sido mi caso. A mí se me ha escapado una ligera sonrisa -ligera y socarrona-por debajo de la nariz que ha sido un pequeño gesto de complicidad con el amigo CEO -de lo que fuera- que estaba allí, de pie, esperando una carcajada general que no se ha producido.

No viene a cuenta el qué o el quien en realidad, quizás eso lo explicaré otro día, la cuestión es que el buen hombre intentaba concienciar a sus oyentes de lo complejo del momento, del reto que se nos plantea a los comunicadores en este instante de la historia, de la crisis, de lo fácil que es caer y repetir errores del pasado (llegados a este punto debería comentar que el Summit giraba entorno a los Social Media) y, por más que unos y otros hacían que sí con la cabeza, lo cierto es que a raíz de las preguntas posteriores, de las felicitaciones que unos y otros se han repartido y de las caras de satisfacción con las que exponían sus casos de éxito, me ha quedado una extraña sensación… algo así como “esto ya lo he vivido antes“.

Y sí. Porque también hoy, precisamente hoy, por esas cosas de la fusión en la que estamos inmersos, me han pedido que rellente una curiosa ficha que resumía el ser profesional que hay en mí. Al hacerlo he descubierto por qué me ha asaltado aquella sensación.

Hace tres años me sumergí totalmente en el mundo de la RSC (Responsabilidad Social Corporativa) y, cuidado, parecía que era la disciplina, materia, herramienta -llamadla como queráis- que iba a salvar al mundo. Cierto que aún funciona, cierto que se ha integrado en el cuadro de mando de muchas empresas, pero también es cierto que no ha llegado a ser ni una cuarta parte de lo que nos explicaban entonces, de lo que nos proponíamos hacer, de lo que pretendíamos construir… ¿por qué? porque la economía siempre se defiende de la misma forma en situaciones de crisis: “volvamos a lo tradicional, a lo que conocemos, a lo que hacemos bien, los inventos para los jóvenes…” Guste o no, es así en muchas -la mayoría- de las empresas, especialmente en las medianas y pequeñas (motor de muchas economías).

Y ¿por qué lo de la Vie en Rose? Porque con los Social Media nos puede pasar algo parecido. ¡Ojo! es tan solo una impresión personal. Ya sé que los medios sociales han llegado para quedarse -cuántas veces escuché esta frase en boca de expertos en RSC o Calidad…-  y que su irrupción supone un antes y un después en la forma de relacionarnos unos con otros, sí, lo sé, pero conviene recordar que para que el cambio sea real en las empresas, el paso se debe dar también hacia arriba, se debe generar una sensación real de cambio, de evolución, una apuesta por las oportuniades que se generan, porque de lo contrario, si no se establece en el mundo profesional, si se queda tan sólo en el ámbito de lo personal, habremos perdido una nueva oportunidad de hacer algo diferente, de romper moldes, de trascender la historia.

Porque no, la vida no es de color rosa, no somos los mejores, ni los más bonitos, ni vamos a gobernar el mundo de mañana desde las redes sociales… pero sí tenemos la oportunidad de crear nuevas culturas, nuevas formas de hablar y escuchar, nuevas oportunidades de trabajo… se trata de no dejarlas escapar encerrándonos en nuestros propios mundos, muriendo de éxito, lenta pero irremediablemente. Se trata de no repetir errores que no nos quedan tan lejos…

Cómo dijo ayer Pol Navarro, director de canales e innovación del Banco Sabadell, en el Cava&Twitts, no se pueden poner límites al campo… pero lo que tampoco se puede hacer es creer que, como decimos los catalanes, “som els amos del troç” (los dueños del terreno).

¿Dije que iba a ser un post diferente? lo siento, Adriana, estas cosas me suelen pasar…

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A mi hi ha coses que em costen de creure…

Aquesta setmana hem vist al Roldán sortint de la presó content i cofoi dient “ya soy libre, ya soy libre“, sense que ningú sàpiga on és el botí que es va embutxacar (mira, ha aconseguit el mateix que el Dioni), i la Munar s’ha escaquejat de passar les seves nits en una cel·la (que segur que no serà com la de Celda 211, segur, segur…) pagant 350.000€ de fiança amb molta -infinita – més solvència que quan jo vaig haver de pagar 105€ de multa fa unes setmanes… i tots dos, Tots Dos, són/eren càrrecs públics que guanyaven un sou pagat per nosaltres. Pagat per nosaltres. Redéu, el món és ben boig.

Quant li hem pagat a aquest parell? Quant li paguem als polítics, cada dia? Per què la societat segueix assenyalant a bancs i caixes com a grans culpables de la crisi quan els que paguem amb els nostres impostos, són els senyors polítics que no saben volen trobar la forma de fer-nos sortir de la crisi? És curiós, ens sabem els sous dels nostres governants, però sabem què més hi ha al darrera d’aquestes persones que decideixen el futur d’un país, nació, estat, comunitat, localitat…? Ho sabem? La corrupció sembla estar tan arrelada a casa nostra, que tot plegat fa una ferum insofrible de podrit.

I, la qüestió és que ho veiem amb normalitat, ens sembla el més normal del món que la Munar pagui aquests diners així, “pim-pam, dinero viene dinero va” (perdoneu-me la poca-soltada) o que en Camps -per exemple- digui que és un pobre home que nomé té una misèria en un compte corrent i es quedi tan ample (algú s’ho creu?)…

Jo el que em crec, és que tot això sí és real, que tots ells estan podrits… però manen massa per fer-hi res… oi?

Bé, us deixo amb la tercera part -i final- del relat… avui tocava tancar-ho així :) espero que el gaudiu!!

1. Encara que creguis que això no és real (3a part)

La porta es tanca. Dos nous inquilins entren a l’habitació, ell és un noi ros d’aspecte nòrdic, ella una dona petita i prima amb trets asiàtics. Tots dos somriuen. Tots dos xerren amistosament. Tots dos s’estiren al llit i es besen amb una passió que ni pot ni ha de passar inadvertida als ulls d’aquell que s’oculta darrere de la cortina.

Sí. Et jura que és real. Es gira lentament per intentar no molestar a la parella que joguineja, feliç i ignorant, al llit d’aquella habitació. Se li fa estrany viure en aquella situació però pràcticament podria dir que s’han acostumat. L’habitació passa més hores lliure que ocupada, i ell pot dedicar-se a observar, a anotar, a dibuixar, a sentir que el seu alè segueix entelant el vidre de la finestra.

I la seva dona. La seva dona s’adorm plàcidament estirada sobre la vella moqueta de color granat, oculta per unes llargues i opulentes cortines verdes i daurades que dissimulen la seva presència. Ella ja no perd temps en reprendre aquesta obsessió del seu marit de quedar-se enfront de la finestra i observar el món. Perquè la dona entén que ha de seguir sola, malaltissament sola, atrapada en aquella habitació fins que arribi el moment que ell decideixi marxar, en que trobin la via per sortir d’allà. I aquell és un instant que anhela en silenci, un instant que sap que arribarà just quan aquella realitat, que per a ell és la seva vida sencera es converteixi, al mateix temps, en un mos de certesa. La certesa que encara no ha aconseguit assumir.

Així que ella espera. L’espera. Es desespera. Voldria sortir i viatjar allà on sap que pertany. Però tot haurà d’esperar un nou moment, el seu moment, perquè encara no han trobat el camí de tornada, però té la sensació que aquell camí s’està obrint lentament sota els seus peus. I aquell sentiment l’alleuja. Ell mira per la finestra. La nit de Londres s’espessa en l’alè dels transeünts. Els joves apaguen la llum després d’haver-se besat, amb una dolçor pròpia de la maduresa de la seva passió i, amb ells, la brillantor de l’hotel es fa fosc i el món dóna una oportunitat a la lluna per ser l’única protagonista. Potser sí. Potser és tot tan real com el dolor que sent en el pit. Un maleït dolor que, t’ho pot jurar, sent que l’ha matat, que l’ha apartat de tot el que va ser, de tot el que podria haver arribat a ser. De tot el que hagués desitjat ser. No li queda més remei que sospirar en silenci. Deixar els ulls en blanc i, després, observar la parella de la seva habitació, lliurats ja a un somni plàcid. La vida és curiosa.

Curiosa i real.

Encara que potser ho seria més si ell estigués viu.

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Si empiezo escribiendo “pasen al laboratorio, les va a impresionar”… seguro que unos cuantos de vosotros no tardaréis ni un segundo en recordar ciertos tiempos pasados – musicales o no– que, ni mejores ni peores, fueron diferentes.

Sí, si lo que temíais era que me recrease con la letra de una de esas viejas canciones de nuestra juventud, lo habéis acertado de pleno. Bienvenidos, de nuevo, al final de una década que a muchos nos marcó para siempre, bienvenidos a aquellos postreros 90′s en los que mientras en la radio sonaba “esta es la España del Felipe y del Aznar”, unos cuantos teníamos la sensación de que quizás podíamos empezar a soñar con la posibilidad de dejar atrás la imagen de país de pandereta que siempre hemos tenido. Y, como buena máquina del tiempo que es nuestra mente, ahora nos permitimos el lujo de voler al presente y darnos cuenta de cuán equivocados íbamos, ¿verdad?.

Permitirme que me quede un instante más en aquel país que entonces veíamos. Vuelvo atrás unos doce o trece años: lo hago hasta llegar al lugar – a la España – que acogía a cientos de muchachos teenagers entonando unas letras que pedían un cambio… o no. Sé que la crítica a la clase política, y también a la sociedad, han sido, son y serán, una constante en el devenir histórico de cualquier nación o grupo y, por supuesto, el leitmotive de cientos de canciones que pretendían ser muy transgresoras pero que solo se quedaron en eso: en pretéritos muy imperfectos. Lo sé, es cierto, pero más allá de la anécdota, lo que me pregunto es qué ha cambiado de entonces a ahora. ¿Hemos avanzado en algo? ¿Somos mejores? ¿Somos más guapos?

Entonces decíamos que estábamos en la “España del Felipe y del Aznar” –  ahora simulan dirigirla José Luis y Rajoy –, en la de la “estafa inmobiliaria”, en la de la “delincuencia en la alta sociedad”. Había políticos – “politicuchos”, decía la letra – que se hinchaban a robar, pero asegurábamos que “allí no pasaba nada”, nos comíamos “la tostada” sin siquiera levantarnos del sofá. España era “el país de la patraña, de trapicheos, pelotazos y demás”. Y no, no hablo del 2010, hablo de los -sé que me repito, pero vale la pena incidir en ello- pretéritos 90‘s. Lanzo la misma pregunta al aire: ¿Qué ha cambiado? Ha pasado una eternidad, ¿y qué ha cambiado?

Casi una década y media después, tengo una sensación amarga. Tengo la sensación que hay toda una generación que ha dejado escapar la oportunidad de convertir el mundo en el que vivimos en algo mejor. Es más, la cosa cada vez va a peor. No nos engañemos, hay más corrupción, más demandas, menos libertades individuales, más desigualdades, más paro, más crisis… tengo la sensación que vamos pasando de canción en canción, que ya no estamos en aquella España, que nos vamos hacia el reino animal, el reino en el que manda quien más tiene – llamarle poder, influencia, dinero, contactos… – el reino en el que los Insiders se van manteiendo aferrados a sus cargos mientras Los Otros ven como el fin de mes cada vez se aleja más y más por culpa de esa tan maltrecha economía (para unos cuantos).

En fin, supongo que no tiene más importancia, que tan sólo es una pequeña bufonada mía, una payasada (lo siento, lo siento):  ¿a quién se le ocurre mezclar la actualidad política de hoy con la letra de una canción anarquista de los noventa? Por supuesto… ¡soy demasiado frívolo!…  Dejemos que el país se siga lamiendo sus propias heridas, que siga perdiendo el tiempo en discusiones cargadas de tópicos absurdos, en personajes carnavalescos que no merecerían ni un titular pero que se llevan las portadas de los medios, en sillas que conservar y en poltronas que defender… así nos va, así estamos, en el vagón de cola, de la cola de la cola de Europa.

¿Sabéis…? a mi me ha impresionado darme cuenta de que seguimos con lo mismo… llamadme iluso, pero creí que quince años después, seríamos mejores…

Cuando naciste, Adriana, aquel país que te vio llegar parecía estar destinado a hacer un paso enfrente… pero lo curioso es que cuando vuelvas a ver la luz, reencarnada en una nueva Adriana, te encontrarás lo mismo que veían mis ojos hace media vida. Quiero pensar que los de ahora tenemos la oportunidad de hacer lo que no hicieron los de entonces, que volvemos a tener esa oportunidad, que podemos tomar la iniciativa. ¿Te apuntas?

Lo siento, Adriana… tengo el blog algo olvidado.

Supongo que es un efecto lógico de la drástica reducción de tiempo libre que nos acecha a todos, más aún cuando la actualidad manda – sobretodo si se trabaja en lo que trabajo –, y estas últimas semanas manda más que nunca. Aún así, lo cierto es que muchas veces he sentido la necesidad de recuperar la voz de Adriana para expresar mis pensamientos entorno a todo lo que está sucediendo día tras día en nuestro entorno. Hoy lo hago – por fin –.

Permitidme que empiece este post con una anécdota personal. Pronto, muy pronto, hará seis años de mi entrada en Caixa Sabadell. Recuerdo con especial cariño todo el proceso de selección que me llevó a formar parte de esta entidad que – como saben todos los que me conocen – significa mucho para mí. Pero hay algo que no se me borra de la mente: una pregunta del último test que pasé antes de la entrevista personal. De hecho, recuerdo la mayoría de las preguntas de los diferentes cuestionarios (ya conocéis mi habilidad para conservar detalles en mi memoria), pero ésa en concreto tiene un significado muy especial. Era un punto abierto, sin opciones, que me invitaba a reflexionar sobre con qué tres personajes me identificaba más, en aquel momento. La respuesta (argumentada) no sé si sorprenderá o no, pero fue:

  • André Agassi, por su capacidad de superación, su esfuerzo por seguir arriba, su lucha personal, su tesón y su coraje (hoy, a pesar de todo lo que se sabe sobre él, seguiría escribiendo lo mismo… y con más razón).
  • El Príncipe Felipe (aquí sí que más de uno se va a sorprender), porque tiene la oportunidad de cambiar la historia, porque su valentía puede ser beneficiosa para todos (me equivoqué, nadie cambia nada. Eso es algo que ya he aprendido).
  • Mi padre, porque siempre lucha, porque siempre se entrega, porque nunca deja de ayudar, porque nunca pierde la ilusión por seguir avanzando, pero sobretodo, porque no deja de demostrarme que con esfuerzo todo se puede conseguir.

Vale, diréis “¿qué tiene que ver esto con las palomitas?”. Tiempo al tiempo.

Si hubiese tenido que responder esta misma pregunta hace tres años, probablemente habría incluido otros nombres, tal vez – incluso – siendo valiente hubiese escrito el de algún mandatario que tenía la oportunidad de mejorar el mundo (oportunidad fallida). El año pasado hubiera escrito Obama, sí, ¿por qué no? Y ahora estaría convencido de que me habría equivocado. Pero nunca, nunca, hubiese mencionado en ese listado a Zapatero o a cualquiera de sus compañeros en el gobierno.

El presidente es la palomita de maíz. Los ministros son las demás, las que hacen el plural, las que siempre quedan al fondo del cartón, impregnadas y pastosas. Cuando escribo esto lo hago pensando, especialmente,  en un par de carteras muy concretas, pero ninguna se salva. ¿Por qué? Porque aparentan ser duros, pero cuando se ven sometidos a presión, cuando esa presión les abrasa, sencillamente explotan y se convierten en seres simples, básicos, incoloros e insípidos. Sí, se les puede echar sal, mantequilla, azúcar o lo que queráis… y, de hecho, eso es lo que hacen: modifican leyes, aprueban, proponen, pero sólo es aderezo, después se vienen atrás y lo único que queda es la misma esencia, blanca, inocente, soporífera.

Dicen que nos ampliaran la edad de jubilación hasta los 67 y se olvidan que la solución pasa por incentivar el empleo ahora – a saber qué pasará dentro de 37 años, a mi me preocupa el presente – pero el “ahora” es un misterio que no saben descifrar, lamentablemente. Dicen que habrá que introducir leyes nuevas para internet – y se olvidan que internet ya se rige por sus propias leyes, y es imposible cercar este mundo, por más que lo intenten – en vez de centrar sus esfuerzos en convertir España en un país puntero en I+D. Se olvidan de subvenciones, se olvidan de proteger al ciudadano, cada vez nos someten a más multas, a más leyes, a más restricciones e imposiciones, reparten para después recuperar (lo de los 400€ de Zapatero es una vergüenza). Al final, incluso, han convertido en válida la premisa incorrecta que dice que todos somos culpables, hasta que no se demuestre lo contrario (digan lo que digan). Pero, en cambio, no veo que se esté haciendo nada – real – para evitar los casos de corrupción, ni tampoco para esclarecer las fuentes de financiación de los partidos políticos; nos engañan organizando cumbres cuyo coste económico y ambiental superan lo permisible, nos toman por ingenuos intentando hacernos creer que ahora que “mandamos” en Europa lideraremos la salida de la recesión comunitaria… cuando nuestro gobierno es incapaz de poner en práctica sistemas que, de verdad, construyan el futuro de España.

Voy a reflexionar en voz alta: ¿Servirá de algo alargar la jubilación? ¿Sirve de algo la ley de economía sostenible? ¿Cómo saldrá España de la crisis? ¿Se está invirtiendo en I+D? ¿Se están creando puestos de trabajo?… ¿o, sencillamente, estamos esperando a que todo vuelva a su cauce? A veces tengo la sensación que ya no pueden más, y que saben que después de toda tormenta, siempre hay ese ratito de calma en la que el río vuelve a fluir naturalmente. Quizás desean que cuando eso pase, el tan temido tocho vuelva a permitir crecer al país, volvamos a la especulación cómo herramienta de financiación, porque no veo que se esté construyendo un futuro alternativo… tan sólo vamos dando palos de ciego, y seguimos a la deriva.

Con mi voz, no con ninguna otra, sigo pidiendo un cambio político que nos permita salir del pozo… en Catalunya tendremos pronto esa oportunidad. En nuestras manos está el futuro, no sólo económico, sino también social.

Yo me voy a querer subir en un taxi rosa. No lo puedo evitar, es una pequeña ilusión que tengo. Quiero que me lleven a dar una vuelta, en esa dulce idea que ha tenido la radioemisora Servitaxi, por la ciudad de Barcelona. Me apetece, ¿qué le puedo hacer? Me imagino charlando afectuosamente con una mujer conductora mientras le explico mis miedos, mis ilusiones o mis historias de cuando vuelvo de fiesta y hablo de los ligues de mis amigas. No sé, lo imagino y me parece un plan redondo. Interesante. Lo curioso del caso es que no utilizo prácticamente nunca el taxi, pero estoy dispuesto a hacerlo, a romper esa norma autoimpuesta de no dejarme los ahorros del mes en viajes en negro y amarillo, para pasarme a un bonito paseo en rosa.

Sólo tengo un handicap. Nada importante, tan solo un problemilla de género que se explica en mi DNI. Porque, aunque este blog se titule –en femenino– el “Enigma de Adriana” no podré subirme en uno de esos taxis, ya que –oh, desgracia la mía– por ahí me dicen que soy un hombre y, cómo hombre –maldita mi mala suerte–, quedo automáticamente excluido del público reservado. “Sólo clientela femenina”. Pues vaya.

Creo que voy a empezar a sentirme excluido. Lo he decidido. A partir de hoy me sentiré acomplejado por mi género, por mi opción sexual e –incluso– por haber optado por una profesión tan convencional cómo la que ostento en una entidad financiera. Porque sí. Porque todo eso no mola nada. No. Ser hombre quiere decir no poderse subir en taxis fashion, ni tampoco poder hablar con una mujer sensible sobre si tal crema o tal cual da mejor para la piel mientras te lleva de paseo por Barcelona, porque ser hombre implica no poder disfrutar de gimnasios exclusivos, o de meses de baja post-paternidad (vaya), y además, ser hombre y hetero es cómo que no, hoy en día ya no, y si además no eres artista o bohemio mejor apaga y renace encarnado en florecilla del campo: ¿Para qué ser lo de siempre si se puede ser diferente? ^^

Afortunadamente en el mundo las cosas han cambiado. Todas las opciones, las diversidades, están cada día más toleradas y la convivencia va ganando camino a la segregación (aunque últimamente, ciertos auges de la ultraderecha europea deberían preocuparnos), pero lo que no entiendo es por qué los hombres nos tenemos que quedar regazados, ¿acaso estamos pagando algún tipo de penitencia absurda? Que existieron los clubes exclusivos para hombres -no los que piensan algunos ^^ me refiero a los de la clase alta británica- es cierto, todo el mundo lo sabe, que el golf nació como deporte vetado a las “ladies” también, pero eso forma parte de una historia superada, de nuestra propia evolución como humanos. Hoy en día debería existir esa igualdad por la que durante décadas, siglos, se ha luchado, una lucha que dignifica a hombres y mujeres, a heteros y gays, a los de aquí y a los de allí por igual . Y, sin embargo, ahora resultará ser que por más que lo quiera, no podré gozar de la seguridad de ese taxi. ¿No? Veremos.

Hay otros ejemplos. Por supuesto, para bien y para mal. Ejemplos en que son las mujeres las que –todavía– sufren la diferenciación, u otros colectivos, por razón de color, sexualidad, credo… sin duda, es un tema del que no se puede frivolizar, no me malentendáis, nada está más lejos de mi voluntad. Es tan sólo que me parece ridícula la iniciativa del Taxi Rosa –aquí, en Londres (con las Pink Ladies), en México o dónde sea, es igual–, discriminatoria, y sexista. Muy sexista. Casi de mal gusto…

Mi alter ego, Adriana, lanza una pregunta al viento: ¿Qué pasaría si los taxis los hacemos sólo para hombres y que no puedan entrar las mujeres, para que ellos puedan hablar de futbol, de su ligue de la otra noche, de las fotos robadas de una famosa cualquiera…? ¿Qué pasaría si en vez de taxis para mujeres hacemos taxis para católicos y prohibimos entrar a los musulmanes porque así podremos colgar cruces en las ventanillas? ¿Qué pasaría si el taxi Rosa se convierte en taxi Blanco y no aceptamos a nadie que no sea de ese mismo color?… vale, son tres preguntas, pero es que cuando Adriana y yo nos ponemos serios, nos ponemos serios, porque aunque haya problemas reales mucho más relevantes en el mundo, a veces me pregunto si no estamos haciendo bobadas demasiado grandes en nuestro entorno.

¿No creéis que es frívola e innecesaria la opción del Taxi Rosa? Estoy convencido que ninguna mujer que crea en la igualdad de condiciones entre los dos géneros lo utilizará…

Eso sí, si sale adelante, yo intentaré subirme en un Taxi Rosa –como os decía antes– por todos los medios –no descarto la peluca– , aunque solo sea para poder hablar de futbol con la taxista.

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2010 - El Enigma de Adriana, by Xavi Gassó info@elenigmadeadriana.com Suffusion WordPress theme by Sayontan Sinha