Agosto agoniza lentamente, es curiosa la forma en que pasan los últimos días de este mes, siempre con esa mezcla de nostalgia y de satisfacción. Nostalgia por las semanas que quedan atrás, por aquellas vacaciones prometidas, disfrutadas o anheladas, por las sonrisas en una terraza a pie de playa o por las miradas cómplices que se dibujan debajo de una sombrilla. Satisfacción por lo vivido, por lo cumplido, por lo disfrutado, por todo lo que quedará guardado en un rincón muy especial de ese baúl en el que vamos recopilando los instantes que nos hacen ser quien somos. Así es agosto, así es el final del mes del verano, siempre especial, siempre único.

Y este año, un 2010 que está resultando, no me lo negaréis, extraño en infinidad de asuntos de nuestro día a día, en qué estamos descubriendo que no somos un país donde abunde la panacea, si es que la hay, siquiera el que algunos creyeron que podíamos llegar a ser, en qué las cifras no acaban de cuadrar y en el que todos miramos preocupados hacia otro lado cada vez que nos explican lo que costaron y lo que costarán nuestras viviendas, el mes de agosto ha sido –as usual– nuestro pequeño reducto de paz.

Pero todo lo bueno se acaba. Incluso los oasis se dejan atrás –aunque ahora que he mencionado esta palabra me pregunto cómo vivirán estos días aquellos que viven instalados en el oasis catalán…en fin–. Quedan lejos los paisajes, las experiencias, las sensaciones… se convierten en un dulce recuerdo que pasa a formar parte de los instantes que nos permiten afrontar lo que está por venir. ¿Y qué está por venir? Cómo respuesta un tópico: el nuevo curso… ¡menudo curso!

En Catalunya nos esperan las elecciones más interesantes de los últimos años. Con el desgaste de imagen, recursos y soluciones, ofrecido por el tripartit, nos encaminamos hacia una nueva forma de hacer política y, por lo tanto, de gobernar el país. ¡Ojo! Queda por cuantificar el peso, final, que tendrá el voto independentista ahora que Laporta ha saltado a la palestra, y que los de Carretero irán, finalmente, por su lado. Será un reto para Mas y los suyos, por otra parte dudo que Puigcercós consiga sacar a ERC del estado de depresión en que parecen sumidos y espero que no se repitan errores del pasado en forma de uniones que quizás no sean las más adecuadas…

Sin embargo, las emociones fuertes no acaban aquí, ni-mucho-menos. La crisis sigue azotando a pequeñas y medianas empresas (e incluso a alguna mayor), el empleo se verá castigado con los despidos que se produzcan tras la campaña de verano, las hipotecas repuntan, aunque aseguran que el regulador va a mantener los tipos bajos hasta finales de 2011, mientras que, al otro lado del show volveremos a ver a la rubia-de-oro-española haciendo sus tours por la televisión mientras organiza un nuevo espectáculo mediático, además dejaremos que debates absurdos sean la obsesión de las portadas de los diarios y de las camarillas televisivas permitiendo que lo que realmente importa siga quedándose en un segundo plano, porque sí, porque somos así y nos gusta darle más importancia a lo líos de faldas de un cantante que a la inversión en I+D que se pueda llevar a cabo en el país.

Visto así, queda claro que salir airosos de este 2010, mirar atrás en el tiempo y ver que se consiguieron llevar a cabo algunos proyectos interesantes, será un reto mucho mayor que cualquier otro que podamos asumir. Así que, sin más dilación, me pongo a trabajar para seguir dando forma al ProyectoK, esperando que pueda  llegar a ver la luz.

Todo sin olvidarme de ti y de la segunda parte de tu historia, Adriana, ya sabes la única verdad:
Caminante son tus huellas el camino y nada más;
caminante, no hay camino se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino sino estelas en la mar…

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–Atención, este post se debe leer imaginando la voz en “off” del Carlos adulto de Cuéntame ^^ (quien avisa…)–

¡Qué difícil se lo hemos puesto a los más jóvenes! Cómo mínimo esa es la sensación que tengo desde hace años y que, cada vez más, se va arraigando en alguna parte de mí, de forma casi inconsciente pero también más profunda de lo que creía. Vaya por delante que nací a finales de los 70. Crecí con la Educación General Básica, maravillosa EGB, y busqué mi futuro a través del olvidado Bachillerato Unificado Polivalente, nuestro BUP, para hacer el salto definitivo hacia el futuro vía el Curso de Orientación Universitaria, el añorado COU. Visto así, parece que haga una eternidad e, incluso, me siento un poco más viejo que de costumbre, pero aquella Ley General de Educación del 1975, mejor o peor, fue capaz de crear unas cuantas generaciones preparadas para convertir la España de los 70, en un país más o menos capaz de competir a nivel internacional y con una clara vocación de dejar el pasado atrás.

Todos conocíamos las normas, y a la mayoría nos parecían bien. Existían dos caminos cuando finalizábamos la EGB, uno era el que muchos seguimos, el otro transitaba a través de la Formación Profesional, la FP de toda la vida –no la de ahora–, que creó miles de profesionales preparados para asumir todo tipo de tareas profesionales que les permitiría, al final, encontrar una buena profesión. Así era, BUP o FP, eso escogíamos al acabar octavo y tener que enfrentarnos a nuestra primera gran decisión vital. Curiosamente –esto hace que no me sienta tan viejo–, también soy de las últimas generaciones en cursar EGB, BUP y COU, y de las primeras en convivir con los primeros estudiantes de la Educación Secundaria Obligatoria, la absurda ESO –ojo al término “obligatoria, ¿alguien ve una referencia a tal característica en los predecesores, por más que fuera así? –. Recuerdo los  barracones al lado de mi instituto, el aspecto desaliñado de aquellas cabañas en las que se apilaban chicas y chicos que no tenían ni idea de lo que iba a pasar con sus vidas, porque no sabían siquiera lo que hacían. Así nos fue, así nos va.

Visité, al año siguiente de acabar COU, mi antiguo instituto para reencontrarme con algunos amigos. Aproveché la ocasión para conversar con un par de profesores con los que, todavía hoy, mantengo una buena relación. Y recuerdo la desesperación en su voz, un tono entre la desesperación y la preocupación que se me quedo clavado en la mente, junto a una frase que se repetía hasta la saciedad “no sé qué futuro podemos esperar con este nivel educativo”.

Afrontémoslo, la ESO, el Bachillerato y todo lo que rodea a los estudios –obligatorios o no– ha sido un paso atrás en el nivell de la enseñanza de nuestro país de magnitudes terribles. Hoy, que puedo conocer y valorar el sistema, estoy convencido de la necesidad de una revolución, de una vuelta a los orígenes, de una educación que sepa identificar las necesidades y las aptitudes, de una motivación educacional que tenga en cuenta las posibilidades de cada alumna y alumno. Educamos a nuestros jóvenes como si fueran todos iguales, planos, casi indiferentes, no se promueve el estudio, ni tampoco el esfuerzo, no cómo hace años, y los llevamos a todos de la mano hasta los quince o dieciséis años, creando clases en las que conviven dos o tres niveles diferentes de voluntades, los que quieren estudiar, los que van pasando día a día sin saber qué hacer, y los que tan sólo están ahí por obligación. Así, mientras unos intentan avanzar, otros pasan los días deseando que acabe la maldita ESO de una vez, tener ese título en el bolsillo, buscar un trabajo de lo que sea, o, sencillamente, abandonarlo por puro aburrimiento esperando una alternativa laboral diferente, creando un pequeño caos en el cual, al final, muchos se acaban intoxicando.

Esta es la realidad del sistema educativo de nuestro país. Una realidad que nos lleva a cifras dramáticas. Sabemos que prácticamente el 50% de los parados en España no tienen estudios, una cifra que duplica la de hace tan sólo 3 años y que deja muy clara la importancia de apostar por una formación efectiva y eficiente, menos efectista –y bonita, blanda, agradable, digerible, asumible… si me apuráis– que la que actualmente nos imponen los diferentes ministerios de cultura y educación por llamarlos así– que van surgiendo legislatura tras legislatura.

¿Os parece poco? En la situación actual de crisis, los jóvenes lo tienen más complicado que nunca para acceder al mercado profesional. La tasa de paro juvenil en todo el mundo ha subido, en tan sólo un año, dos puntos llegando al 13%, lo cual implica que 81 millones de chicas y chicos de entre 15 y 24 años no trabajan. Lo peor es que muchos tampoco estudian y se empieza a vislumbrar la posibilidad, cada vez más real, de que surja una generación perdida. Esto es grave, sin duda, aún así, lo más preocupante es que uno de los caminos para solucionar este hecho radica en la competitividad y competencia que adquieran los estudiantes antes de llegar a las edades para dar el salto al ruedo profesional, y dudo que en España podamos hacer alardes de ser un país competitivo ni, mucho menos, competente. Así es cómo se cumple una sencilla premisa, a menor competencia, más paro, a mayor paro, más crisis, menos evolución social, menos libertades… y que cada cual lo vea y lo interprete según su propio prisma.

Cómo mínimo, ahora cuando dos jóvenes quieran buscar una forma de romper el hielo entre ellos ya no será necesario preguntar aquello del “… ¿Y tú, estudias o trabajas?” Ambos estarán, irremediablemente, contemplando la vida pasar.

Suerte que tus estudios van conmigo, Adriana… suerte…

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Había pensado titular este post con un tópico a lo “pandereta y charanga”, probablemente me hubiera quedado con estas dos referencias a lo autóctono, a lo que parece que mejor sabemos transmitir a todo el mundo, pero –obviamente– he preferido quedarme con la rubia. Luego lo explico porque prefiero empezar por el principio.

Empieza así: viajar con el pasaporte español es, casi siempre, sinónimo de ser considerados, allá donde vayamos, bailadores de flamenco en potencia o bullfighters, lo cual implica que nos ven corriendo delante de los toros (eso si no los toreamos directamente) al tiempo que vamos por los rincones cantando saetas. Y parece que tenemos que estar contentos con esto. Pues yo no.

Porque no me gusta el flamenco, tampoco las sardanas –todo sea dicho–, porque no soporto el cante jondo ni nada que tenga que ver con ir soltando gritos a modo de “uy que bien que canto y qué emoción pongo en las letras, aaaayyyyoooo”, porque estoy encantando con la prohibición de las corridas de toros en Catalunya (un motivo más por el que me siento orgulloso de ser catalán), porque no me van a ver con pañuelo rojo y camiseta blanca corriendo delante de los astados rezumando adrenalina al tiempo que esquivo una embestida -para eso, prefiero tirarme en paracaídas, mira-. No. Nada de esto. Y me preocupa que sea lo que vendemos de puertas afuera. Que si viene Tom Cruise a rodar una peli a España (una o dos, es igual), nos dejemos poner, por todas partes, corridas de toros, faralaes y que los oriundos hablen un idioma más parecido al mejicano que al español. Que si viene Woody Allen a hacer una postal de Barcelona, aparezca un  guitarrista en mano en un parque de la ciudad con aspecto flamenquero. Y, menos aún, que nos parezca fantástico que todas las tiendas de souvenirs se harten de vender a los extranjeros esos recuerdos en forma de muñequita gitana con vestido flamenco y brazos en alto, pelo rizado y peca en la mejilla, o el toro de Osborne, por no decir el que representa al pobre animal banderilleado, o el sombrero mejicano, entre tantos otros.

¿Alguna vez hemos reflexionado sobre qué imagen tenemos de nuestros países vecinos? ¿Qué tópicos conocemos de los franceses? ¿De los alemanes? ¿De los “sirs” ingleses con la taza de té siempre en la mano? Ellos cuidan su imagen y promueven lo que les hace respetables. Incluso los italianos trabajan en abandonar los tópicos que les han perseguido siempre… y nosotros, ¿de verdad queremos seguir formando parte de la historia cómo ese país que siempre lleva unas castañuelas en la mano?

El problema, pero –ahora enlazo con el titulo, gracias por la paciencia- es que para borrar esa imagen deberíamos conseguir cambiar cosas como que todo un país se pare cada vez que la ambición rubia española y sus historias sobre el torero, la mujer del torero, el padre del torero, los hijos del torero, los animales del torero y la madre que los trajo al mundo a todos, se emitan en prime time y sean líderes de audiencia. Lo que dice la rubia va a misa en este país. Y mientras sea así, seguiremos paseando la pandereta y la charanga por el mundo… o eso, o nos vamos independizando de esa imagen y de lo que conlleva.

¿Quién quiere ser el conversor de este Belén?

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Si empiezo escribiendo “pasen al laboratorio, les va a impresionar”… seguro que unos cuantos de vosotros no tardaréis ni un segundo en recordar ciertos tiempos pasados – musicales o no– que, ni mejores ni peores, fueron diferentes.

Sí, si lo que temíais era que me recrease con la letra de una de esas viejas canciones de nuestra juventud, lo habéis acertado de pleno. Bienvenidos, de nuevo, al final de una década que a muchos nos marcó para siempre, bienvenidos a aquellos postreros 90′s en los que mientras en la radio sonaba “esta es la España del Felipe y del Aznar”, unos cuantos teníamos la sensación de que quizás podíamos empezar a soñar con la posibilidad de dejar atrás la imagen de país de pandereta que siempre hemos tenido. Y, como buena máquina del tiempo que es nuestra mente, ahora nos permitimos el lujo de voler al presente y darnos cuenta de cuán equivocados íbamos, ¿verdad?.

Permitirme que me quede un instante más en aquel país que entonces veíamos. Vuelvo atrás unos doce o trece años: lo hago hasta llegar al lugar – a la España – que acogía a cientos de muchachos teenagers entonando unas letras que pedían un cambio… o no. Sé que la crítica a la clase política, y también a la sociedad, han sido, son y serán, una constante en el devenir histórico de cualquier nación o grupo y, por supuesto, el leitmotive de cientos de canciones que pretendían ser muy transgresoras pero que solo se quedaron en eso: en pretéritos muy imperfectos. Lo sé, es cierto, pero más allá de la anécdota, lo que me pregunto es qué ha cambiado de entonces a ahora. ¿Hemos avanzado en algo? ¿Somos mejores? ¿Somos más guapos?

Entonces decíamos que estábamos en la “España del Felipe y del Aznar” –  ahora simulan dirigirla José Luis y Rajoy –, en la de la “estafa inmobiliaria”, en la de la “delincuencia en la alta sociedad”. Había políticos – “politicuchos”, decía la letra – que se hinchaban a robar, pero asegurábamos que “allí no pasaba nada”, nos comíamos “la tostada” sin siquiera levantarnos del sofá. España era “el país de la patraña, de trapicheos, pelotazos y demás”. Y no, no hablo del 2010, hablo de los -sé que me repito, pero vale la pena incidir en ello- pretéritos 90‘s. Lanzo la misma pregunta al aire: ¿Qué ha cambiado? Ha pasado una eternidad, ¿y qué ha cambiado?

Casi una década y media después, tengo una sensación amarga. Tengo la sensación que hay toda una generación que ha dejado escapar la oportunidad de convertir el mundo en el que vivimos en algo mejor. Es más, la cosa cada vez va a peor. No nos engañemos, hay más corrupción, más demandas, menos libertades individuales, más desigualdades, más paro, más crisis… tengo la sensación que vamos pasando de canción en canción, que ya no estamos en aquella España, que nos vamos hacia el reino animal, el reino en el que manda quien más tiene – llamarle poder, influencia, dinero, contactos… – el reino en el que los Insiders se van manteiendo aferrados a sus cargos mientras Los Otros ven como el fin de mes cada vez se aleja más y más por culpa de esa tan maltrecha economía (para unos cuantos).

En fin, supongo que no tiene más importancia, que tan sólo es una pequeña bufonada mía, una payasada (lo siento, lo siento):  ¿a quién se le ocurre mezclar la actualidad política de hoy con la letra de una canción anarquista de los noventa? Por supuesto… ¡soy demasiado frívolo!…  Dejemos que el país se siga lamiendo sus propias heridas, que siga perdiendo el tiempo en discusiones cargadas de tópicos absurdos, en personajes carnavalescos que no merecerían ni un titular pero que se llevan las portadas de los medios, en sillas que conservar y en poltronas que defender… así nos va, así estamos, en el vagón de cola, de la cola de la cola de Europa.

¿Sabéis…? a mi me ha impresionado darme cuenta de que seguimos con lo mismo… llamadme iluso, pero creí que quince años después, seríamos mejores…

Cuando naciste, Adriana, aquel país que te vio llegar parecía estar destinado a hacer un paso enfrente… pero lo curioso es que cuando vuelvas a ver la luz, reencarnada en una nueva Adriana, te encontrarás lo mismo que veían mis ojos hace media vida. Quiero pensar que los de ahora tenemos la oportunidad de hacer lo que no hicieron los de entonces, que volvemos a tener esa oportunidad, que podemos tomar la iniciativa. ¿Te apuntas?

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2010 - El Enigma de Adriana, by Xavi Gassó info@elenigmadeadriana.com Suffusion WordPress theme by Sayontan Sinha