Ángeles y Adriana


Una cadena de acontecimientos misteriosos aguardan a Adriana en su último año en el internado femenino. Su carácter fuerte y rebelde le ha granjeado el aislamiento entre sus compañeras y la persecución y los castigos constantes de las religiosas que rigen la escuela. Cuando parece que el único hito que le queda es hacer amistad inesperada con una nueva compañera, entra en contacto con tutoras que parecen saber sobre su vida y su destino más que ella misma, un libro misterioso que le habla de un linaje de mujeres extraordinarias al que parece pertenecer y un destino especial que le está reservado… si es capaz de sobrellevarlo y aceptar lo inaceptable.

El principio es el final. Adriana Angelis no puede escoger su destino, porque ese destino está escrito desde su mismo nacimiento. Aún sin saberlo, cada paso que ha recorrido, cada persona que ha conocido, cada lección aprendida, han sido tan sólo un eslabón más en su aprendizaje. Y aquel camino iniciático finaliza a sus dieciocho recién cumplidos años.

Sin embargo, Adriana deberá enfrentarse a una elección trascendental. Una elección que puede remover los cimientos del mundo que la rodea. Nada será tan sencillo cómo ella había soñado. Su realidad, su destino, es tan intangible cómo increíble. Adriana es la última portadora de un don que se pierde en los siglos. Un don que la va a convertir en la nueva matriarca de las Angelis. Poderosa. Influyente. Histórica. Pero cuando Román se cruza en ese camino provoca un terremoto de dimensiones trágicas en el corazón de la joven Adriana y, también, en la familia que la había protegido y aguardado durante años.

Así, en un verano caluroso a caballo entre Barcelona y Roma, Adriana deberá tomar las decisiones más difíciles de su corta vida, quizás aún sin ser del todo consciente del significado que esas decisiones tendrán en su destino.

El final, a pesar de todo, siempre puede volver a ser el principio.

La historia de la última matriarca de las Ángelis, publicada por primera vez en noviembre de 2006,  comienza así:

 

Los ángeles no deberían pecar

Roma, fin – 00

La mirada de Adriana cruzó en pocos segundos todo el vacío de la habitación. La mañana anterior se quiso prometer que no iba a cometer ningún error, pero dejó que el olvido se apoderase de sus palabras. Roma seguía tranquila, en silencio, fuera de aquel nimio rincón en medio de la ciudad. Hacía un calor insoportable, decían que era el peor verano de los últimos años y a aquella hora de la mañana pocos se atrevían con las ardientes aceras de la Eterna. Tal vez había confiado demasiado en su instinto. En los últimos tiempos fallaba muy a menudo. Nadie habitaba la 255, nadie excepto una araña que colgaba desafiante del mueble bar.

No era la primera vez que viajaba a Roma. De aquello hacía tan sólo unos meses. Un viaje con la escuela. Adriana había sido internada en una de esas grandes instituciones sólo para chicas, una escuela religiosa y filosófica. Era tradicional que durante el último curso de bachillerato las alumnas visitaran la ciudad del Vaticano y algunos de los lugares más emblemáticos de la capital italiana. Siete días, con seis noches, que fueron posiblemente los más reveladores de todos los que había vivido hasta entonces.

Aquel tiempo, a pesar de todo, parecía lejos en el recuerdo. Demasiado. La memoria incluso le empezaba a fallar sobre detalles concretos. Pero Roma, la auténtica Roma, seguía esperando que la conquistaran. Y Adriana supo desde el principio que ese era su destino. Tres meses después, sentada en la cama de la 255 y con la carga de todo lo que le había sucedido, aún tenía la misma sensación.

Fue en ese momento cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe. Tras ella apareció, quejosa y cansada, la figura desaliñada de Román. Adriana lo miró lánguidamente mientras él avanzaba hacia la cama. Era un cuarto pequeño, con un estrecho pasillo, una cama de matrimonio que ocupaba casi todo el espacio vacío y, en el extremo opuesto a la puerta de entrada, el lavabo, mínimo. Todo en los cuatro metros más largos que él jamás había tenido que recorrer.

Adriana esbozó una leve sonrisa apenas correspondida. Lo que se había interpuesto entre ellos, aún sin saberlo, era más fuerte que sus propios sentimientos. No era el final, pero quería empezar a serlo. Román se sentó a su lado. Mantuvo inalterable el silencio durante unos espesos segundos. Después aspiró profundamente, miró cómo su reloj marcaba las nueve y veinte minutos de la mañana del veintiocho de agosto, y sacó una cajetilla de tabaco rubio de la mesita de noche.

– ¿No deberíamos decirnos nada más…?

– Tal vez esté todo dicho.

Encendió el cigarro. El humo se apoderó con prestancia de la habitación haciendo suyo el poco aire fresco que aún quedara. Adriana se protegió con la mano derecha la boca y la nariz mientras él se detenía por un instante ínfimo en sus ojos.

– Sólo una vez más, ¿verdad?…. y después…

– Te lo juro. Sólo una vez más. La última.

– Siempre dices lo mismo…

Román se liberó de la camiseta empapada en sudor y de los shorts azules. Apartó a un lado de la habitación las chanclas y se acercó levemente al cuello de Adriana. La besó. Fue un beso dulce, de una infinita ternura evaporada en un instante. Resiguió con sus labios cada centímetro del rostro de la mujer. Los párpados, la nariz, y finalmente la boca que le supo en aquella ocasión más dulce que nunca

– Adriana… quizás no hagamos bien.

– Los dos somos conscientes de eso.

– Pero, después ellas podrían…

– Ahora no pienses, por favor, no pienses.

La última tarde en la capital se había hecho salada y dulce. Una mezcla de sabores, de sensaciones, de sueños rotos en medio de la nueva Roma. Adriana quiso que durara siempre. Ella, perdida en el pecho desnudo de Román, esperando un destino conocido y trágico. Él, inmerso en una lucha contra sus sentimientos, también consciente del final.

Se vistieron a última hora de la tarde. La habitación seguía extremadamente cálida y el aire viciado. La oscuridad se apoderaba lentamente de los rincones mientras ambos compartían el más incómodo de los silencios. La razón entera de dos vidas había sido hallada y perdida por última vez en la 255, cerca de Termini. Allí, entre los autobuses y los trenes, Adrianamiraba llorosa el rostro desencajado de Román. La estación empezaba a arder en el tradicional bullicio veraniego, las tiendas rebosaban y los cafés de comida rápida no daban abasto para satisfacer la clientela. La pareja mantenía el silencio en medio del más ruidoso de los mundos.

Había violado por última vez las reglas. Los dos sabían qué consecuencias traería su rebelión. Pero Adriana no podía dejar de soñar con esa conquista de Roma, con esa conquista al lado de Román. Sin ataduras, sin normas, sin las limitaciones propias de su realidad.

Durante el primer viaje a la capital de Italia una de las monjas, la directora, la llevó consigo a la habitación de las profesoras. Adriana jamás iba a poder olvidar aquella noche de castigos y sermones.

– Eres un ángel, niña, y los ángeles no pecan.

Los ángeles no deberían pecar, pero podían.

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