Esta ciudad se está apoderando de mí. Si no me voy pronto me voy a volver tan rudimentariamente sanguinario como los naturales. ¿Qué ha pasado? Docena y media de asesinatos desde que estoy aquí: Donald Willsson; Ike Bush; los cuatro italianinis y el agente de Cedar Hill; Jerry; Lew Yard; Jake el Holandés, Whalen el Negrito y Put Collings en Silver Arroz; Nick el Grandullón, que me cargué yo; el rubio que el Susurro mató aquí; Yakima el Bajito, el que entró en casa de Willsson; y ahora Noonan… Eso suma dieciséis en menos de una semana, y los que vendrán.

… Los que vendran. Hará una década, ya, de cuando destapé el tarro de las esencias de Dashiell Hammett en su Red Harvest (Cosecha Roja). Después llegaron otros títulos que pasaron a generar, en mí, una ferviente admiración por el autor de The Maltese Falcon, The Glass Key o The Thin Man, todos ellos absolutamente imprescindibles en la estantería que ha configurado mis preferencias literarias, pero sobretodo, necesarios para comprender mi propio mundo literario. Porque aunque yo, como escritor, no tengo nada que ver -ni trato los mismos temas, tampoco- que el maestro Hammet, lo cierto es que su acento, su visión cinematográfica de la literatura, quedó en mí. Alguien ya me lo dijo en su día.

Pero el tema, hoy, no es exactamente hacer una loanza a Hammet, en todo caso ya está hecha –y yo que me alegro, porque se lo merece- sino una reflexión de ese parágrafo con el que abría este post. Me quedo con la primera frase, “Esta ciudad se está apoderando de mí” y continúa con “si no me voy pronto me voy a volver tan rudimentariamente sanguinario como los naturales”. Este estilo, peculiar, directo, oscuro, tenso, los latigazos continuos y las sacudidas emocionales en el lector, acompañan las páginas de esta novela. Es una obra callejera y visceral que no dejaba de ser un retrato, más o menos fiel, de los USA de aquella época. Cuidado, nos vamos a finales de los años veinte, con todo lo que eso supuso: días convulsos donde los haya, sin duda (¿no os suena?).

, la ciudad se apoderaba del personaje (Dinah Brand, Agente de la Continental), y su éxito acababa dependiendo de su propio esfuerzo, nada de fórmulas mágicas (léase entre líneas, gracias), nada de inspiraciones súbitas para resolver el caso, tan sólo esfuerzo, sudor y sacrificio. Vuelvo a esa primera frase, y formulo una pregunta: ¿no tenéis la sensación de que esta ciudad se está apoderando de vosotros? Cambiad ciudad por realidad o por mundo y veréis que lo que está pasando es dramático, aquí o allí, y sin embargo, casi ni nos damos cuenta, nos vemos como cómplices -involuntarios, o no- porque nos hemos convertido -nada más y nada menos- en naturales de una realidad que debería ser tormentosa para todos nosotros.

Vivimos en una crisis constante. Política –no quiero ni mencionar los motivos, pero para los que duden, con leer un par de diarios cada dos o tres días es suficiente-, institucional, económica, social, de valores… y de alguna forma, es algo tan tangible, tan -eso- natural que lo hemos acabado asumiendo.

80 años después, quizás nos debamos plantear si no va siendo hora de desnaturalizar según qué realidades, ¿no creéis?

Por cierto, Adriana, tal vez ya ha llegado el momento de releer al Maestro

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