Vienen días movidos. Hace tiempo que lo intuyo pero cada día esa sensación se va extendiendo más entre mis difusos pensamientos como, si de alguna forma, tuviera vida propia y se fuera apoderando de mi imaginación. Sí, vienen días movidos en muchos y muy diversos sentidos, pero sobretodo intensos y para nada usuales. Días atrás, mientras ponía el punto y aparte de Phusions, empecé a darle vueltas al siguiente paso, como si quisiera asegurarme de que no cerraría una puerta sin tener preparado el pomo para abrir la siguiente. Pero no apareció ‘paso’ alguno, más bien una sucesión de movimientos que daban forma a un sprint apretado y ajustado de ideas en busca de la victoriosa línea de meta. Y yo, que por defecto soy un kamikaze, pensé que iba a ser entretenido elegir entre todas ellas. Pero jamás supuse que la photo finish fuera a ser tan apretada.

Uno se plantea las cosas de forma diferente conforme adquiere experiencia. En mi caso, la capacidad para relativizar ese movimiento (el que nos acecha) empieza a ser una virtud que jamás creí poseer. Supongo que forma parte del necesario proceso de identificación y selección de alternativas. Las posibilidades son infinitas, las personas no tanto. Por esa razón buscas mucho más allá de lo aparente. Quiero construir. Quiero ser capaz de crear algo con mis propias manos, algo parecido a lo que ya fui capaz de escribir hace años o tal vez algo radicalmente diferente. Escritor, emprendedor, comunicador, constructor de laboratorios o de laberintos, el mito de la caverna me persigue mostrándome sombras en forma de promesas que no tienen ni visos de cumplirse. ¿Y qué pasa en el otro extremo?

En el otro extremo esas preocupaciones se van difuminando, calan como la lluvia fina de una tarde inglesa, pero no hacen daño aparente. No inmediato, como mínimo. En el otro extremo esperas. Miras. Analizas. Interpretas. Digieres y vuelves a racionalizar. El movimiento se acompasa. Incluso juraría que mi pulso adquiere otra latencia. Espero, sí. Espero a que las ideas me seduzcan. Espero a que venga una y me deje claro que es algo más que una apuesta. Y entonces, construiré. En ese momento, volveré al extremo original, volveré a hacer equilibrios en el filo de la hoja, por más que corte. Me gustan los retos y no me dan miedo las espadas ni las dagas o las hachas.

Y todo esto sólo para decir que nada se detiene, que nunca me rindo, que si no está escrito el siguiente libro es sólo porque todavía no ha llegado el momento para hacerlo, pero lo haré. Como haré todo lo demás. Dicho queda, Adriana.

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